miércoles, 15 de diciembre de 2010

¿CUÁL ES EL ROL QUE DEBERÍA ASUMIR EL DOCENTE DE ESTE SIGLO?

“Porque después de todo la instrucción da algo al hombre, pero no lo hace mejor y lo que importa en la vida no es tener algo, sino ser algo” (Hurtado, 1945) Para el San Alberto Hurtado educar era enseñar a vivir a los jóvenes conforme a las enseñanzas de Cristo. La entrega de conocimientos, la instrucción que él denomina, ayuda, pero no enseñan a vivir la verdadera vida del cristiano. ¿Cuál es el rol de la educación hoy? En el mismo texto el Santo nos dice, la verdadera educación consiste en darse a sí mismo como modelo viviente, como lección real, Jesucristo así lo hizo: "...aprended de mí…” Mt. 11, 29
El verdadero y más profundo rol de un profesor es entregarse por sus estudiantes.
En el mundo de hoy, nos vemos enfrentados a los desafíos de un mundo que cambia a cada segundo, en el que la ciencia, la tecnología y por sobre todo el mercado marcan nuevas pautas de eficiencia, que atentan contra la integridad de las personas, su complejidad y su infinita subjetividad.
Hoy se apunta cada vez más a la generación de consumidores, donde la libertad se ejerce en libre elección de productos, la ciudadanía por televisión y en una elección cada cierto tiempo y la vida social se define como un espacio de interacción he intercambio que beneficia a la persona.
Así podemos sumarnos a las ya añejas voces que hablan de crisis, de crisis humana, de crisis de sentido, como si fuera una novedad nos unimos a Sócrates para decir que los fundamentos de nuestra humanidad están en crisis, y que esta crisis pasa de manera rotunda por una crisis en la educación, en la formación de los jóvenes, a quienes cada vez se invita más a ser egoístas y auto-referentes. (Platón, 1997)
Vivimos en una constante crisis educacional, a medida que los valores fundamentales se descuajan y nuestra sociedad se vuelve más artificial, a medida que nuestra relaciones humanas se vuelven más antisépticas y mediatizadas, esclavizándonos en un mundo mercantil y tecnológico que nos promete la felicidad pero donde lo único que conseguimos son sobornos cómodos y placebos, la educación entra en crisis porque esperamos más del hombre, esperamos más de los jóvenes y los valores fundantes del sistema educativo, enraizados en la ilustración, se hacen cada vez más contradictorios con el mundo en que vivimos, poniéndonos en una disyuntiva en jaque entre una expectativa utópica que resuena como eco en los discursos de Voltaire y la mundanalidad de un jingle publicitario, que promete la felicidad familiar comprando papel higiénico.
La formación de los estudiantes es fundamental porque es formación de personas. Todo sentido que queramos darle al desarrollo futuro, todo futuro que queramos darle a algo, pasa directamente por la formación de las personas que formamos. (Weinstein & Astorga, 2006) El profesor, el docente, es algo más que un profesional de la entrega de conocimientos, si esperáramos que fuera sólo eso, estaríamos cayendo en la más profunda de las falacias reduccionistas. Pretender que el docente sea un ser objetivo que entrega conocimiento y herramientas, (Freire, 1992) o que se limita a una labor de facilitador o mediador de la enseñanza, es lo mismo que pretender que deje su alma y la mitad de su construcción humana colgada en una percha cada vez que entra en la sala de clases.
Al revés, el buen docente es el que da su vida en la enseñanza, aunque esto parezca demasiado o imposible. El maestro se ve en la obligación de postergarse a sí mismo día a día por sus alumnos. Así, la excelencia educativa no pasa por la formación de mentes, o la entrega de conocimientos, sino pasa por la entrega de vida, de valores, de ejemplos. La excelencia educacional no puede limitarse solamente a la formación de profesionales cualificados para desempeñar funciones puntuales en un entramado de engranajes sociales. Sino debe aspirar a la formación de personas, de seres humanos dispuestos a dar su vida hasta las últimas consecuencias, desde mí punto de vista a formar cristianos dispuestos a dar su sangre, día a día por su fe.
Al docente se lo debe ver como una persona, no se aprende ser persona por una teoría, ni a través de un libro, se aprende por un encuentro con personas . El docente debe ser propiciador de humanidad, generando un espacio de apertura que invite a crear he involucrarse, a darse. Si el profesor, o docente no es capaz de entregarse por sus estudiantes, no podemos esperar formar personas dispuestas a darse por los demás, si no hay quien se haya dado por ellos primero.
En una sociedad donde los padres se dan por sus hijos pero de una manera indirecta, es decir dándose, pero a la vez entregándolos a ellos a la formación por parte de establecimientos educacionales y también a la contra-educación de la televisión, que trasmite personalismos y egoísmos, se requiere con urgencia en la persona del profesor, el rol de educador, entendiéndolo como humanizador. (Freire, Pedagogía del Oprimido, 2005)
El educador debe tomar conciencia de su rol y su responsabilidad en todo momento, desde el minuto en que se despierta en la mañana al minuto en que se acuesta en la tarde, debo ser un agente de edificación, omitiendo todo aquello que no edifique, que no eduque, que no sea por el buen desarrollo de los niños. Por eso el rol del docente es un rol de entrega. No hay posibilidad de que eduque si su discurso y su acción son incoherentes. Por lo que no puede pedir a sus estudiantes más de lo que sus propias fuerzas pueden soportar, en un esfuerzo constante de honestidad, que a la vez debe apuntar a mejorar él mismo como persona de la misma forma que espera sus estudiantes mejoren.
“Es preciso que Él crezca y yo disminuya...” Estas palabras de boca de San Juan Bautista, ante Jesús, deben marcar una dinámica de humildad del docente, como profesores no esperamos formar personas como nosotros, sino mejores a nosotros, dejando un espacio para que los mismos estudiantes se desenvuelvan, un espacio de apertura para que sean lo que tienen que ser. El proceso educativo es un proceso de creación.
Los niños son moldeados, por un lado, creados, los conocimientos son re-creados en un proceso de transposición, (Chevallard, 1978) y el profesor mismo debe reinventarse según las necesidades y demandas de los niños. (Perrenoud, 2004)
El motor principal que debe mover al docente, es su vocación de entrega profunda a los jóvenes, postergándose en un ejercicio, que se asemeja a lo que los filósofos clásicos llamaban Bios el ejercicio constante de vivir para educar y siendo un educador, en todos los aspectos de la vida, desde mi punto de vista, una vocación radical, de entrega.
Quisiera terminar, quizás volviendo al punto de partida de una manera nueva, con una cita del filosofo francés Jean-Luc Nancy, “¿somos o no capaces de tomar nuevamente –más allá de toda erudición– la exigencia que lleva al pensamiento fuera de sí mismo, pero sin confundir esa exigencia en su irreductibilidad absoluta con una construcción de ideales ni con un revuelto de fantasmas?” (Nancy, 2008)



Bibliografía
• Chevallard, Y. (1978). Sur la transposition didactique dans l’enseignement de la statique. Marseille: IREM d’Aix-Marseille.
• Freire, P. (1992). Educación liberadora: Bases Antropológicas y Pedagógicas. Buenos Aires: Espacio.
• Freire, P. (2005). Pedagogía del Oprimido. México: Siglo XXI.
• Hurtado, S. A. (05 de Junio de 1945). La misión social del universitario en La búsqueda de Dios. Santiago: Universidad Católica .
• Nancy, J.-L. (2008). La declosión: (Deconstrucción del cristianismo, 1). Buenos Aires: Ediciones La Cebra.
• Perrenoud, P. (2004). Diez nuevas competencias para enseñar. Barcelona: Grao.
• Platón. (1997). Apología de Sócrates. Santiago de Chile: Editoarial Universitaria.
• Weinstein, J., & Astorga, A. (2006). Sentidos de la educación y la cultura: cultivar la humanidad. Santiago: Lom Ediciones.

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