sábado, 24 de noviembre de 2007

celular (teléfono móvil)

Uno de los grandes mitos del siglo veinte es el de “a mayor conexión, mayor comunicación” cuanto político no inauguro un puente diciendo “estamos comunicando”.

Bien, hoy podemos decir que estamos más conectados que nunca, por lo menos a nivel de ciudades parece muy difícil pensar en una casa sin teléfono, por ejemplo, o más actual aún una persona sin celular (teléfono móvil).

Decir no tengo celular es decir, no me interesa estar conectado, así de simple, si alguien te pide el numero, y no se lo das estas de un modo estableciendo de inmediato un corte de relaciones, hay incluso una suerte de imposición de la conexión en un nivel tal que sólo es perceptible en el instante en que por algún motivo nuestra conexión se ve limitada. Una empresa sin internet, hoy en día esta condenada a muerte prematura, a quedar siempre reducida a un carácter marginal, quien no entra en la conectividad o debe salir en cierto momento debido a alguna circunstancia experimenta una sordera del mundo que lo aísla en términos prácticos. Pensemos el caso de un universitario un viernes en la noche, la época en que se organizaba una reunión de amigos con dos días de anticipación, ya se acabo, hoy son las diez de la noche y nadie sabe lo que va a hacer, están frente al computador esperando las noticias, y atentos al celular, en un dos por tres se define todo, y el que no participa en el juego se margina. La conexión es cada día en materias practicas más y más imperiosa, y quien no este en un cierto nivel, será visto como un a sistémico, un marginal, un loco o un condenado, y será por lo tanto un paria en este mundo.

Es nuestra conectividad la que nos da trabajo, la que nos permite acceder a créditos, la que nos mantiene en un determinado círculo, etc. Así un campo que pudo haber sido preferentemente de una dimensión del trabajo y el negocio ha impregnado todas las capas de la sociedad volviendo a los medios técnicos propios ya no un lujo, o una necesidad sino incluso un deber social, una responsabilidad de pertenencia, y una obligación. Prueba de esto es como se han impregnado las tecnologías en los distintos estratos generacionales, si bien puede resultar comprensible que un adolescente sin teléfono móvil e internet, se siente desterrado en una isla desierta, la preocupación por no perder ni dejar su celular, de una anciana resulta especialmente emblemática, sobre todo cuando en la mayoría de los casos debe constantemente recurrir a alguien más para que la ayude a lidiar con el impuesto cordón familiar, que siempre es por su mejor bienestar, sin intención de hacerle problema, y no porque nosotros queramos controlarla sino porque usted se moría de ganas de tener uno.

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